
La eficiencia institucional no depende únicamente del tamaño del Estado, sino de la calidad de su gobernanza. Una mirada desde el gobierno corporativo permite replantear algunas ideas ampliamente aceptadas en el debate político.
El gobierno corporativo surge de una premisa sencilla: toda organización enfrenta problemas de agencia, incentivos imperfectos y riesgos de concentración del poder. Por ello, las empresas modernas desarrollan mecanismos de supervisión, auditoría, meritocracia y rendición de cuentas para proteger a accionistas y demás grupos de interés.
Paradójicamente, estos principios —aceptados para el sector privado— suelen relativizarse cuando se aplican al Estado. Sin embargo, si una empresa administra recursos privados bajo estrictos estándares de gobernanza, resulta razonable exigir estándares superiores al sector público, que administra recursos de terceros mediante impuestos y ejerce poder coercitivo legítimo.
Asimismo, la empresa moderna ya no se entiende únicamente desde la maximización de beneficios. La teoría de stakeholders reconoce que la creación de valor se distribuye entre accionistas, trabajadores, clientes, proveedores y comunidades. El mercado no es un mecanismo de lucro, sino un sistema de cooperación descentralizada.
Desde esta perspectiva, el debate no es Estado versus mercado, sino cómo diseñar instituciones capaces de alinear incentivos, limitar abusos y preservar la libertad. El gobierno corporativo ofrece así una poderosa lente analítica para comprender los desafíos del Estado contemporáneo.
Es indudable que el Estado y las empresas persiguen objetivos distintos. Sin embargo, reconocer diferencias funcionales no implica aceptar estándares inferiores de gestión pública. El Estado debería aspirar a ser más eficiente que el sector privado, pues administra recursos ajenos y sus errores afectan simultáneamente a millones de ciudadanos.
En el gobierno corporativo resultaría inaceptable justificar pérdidas permanentes, ausencia de métricas o estructuras sobredimensionadas bajo el argumento de perseguir fines nobles. Sin embargo, razonamientos similares suelen aparecer en el ámbito estatal (por ejemplo, empresas estatales bajo excusas de soberanía).
La ausencia de competencia efectiva puede generar burocratización, captura institucional y deterioro de servicios. La pregunta relevante no es cuánto Estado existe, sino qué tan bien gobernado está.
Confundir gasto con resultados constituye un error frecuente en política pública. Más presupuesto no garantiza mejores servicios cuando las instituciones son débiles o carecen de capacidades de gestión.
El caso peruano ilustra esta tensión. La distribución del canon minero ha transferido recursos significativos a gobiernos regionales y locales, y sin embargo varias jurisdicciones continúan mostrando déficits persistentes en infraestructura, salud y educación.
El problema no es la falta de recursos, sino la calidad de la gobernanza: limitada capacidad de gestión, alta rotación de funcionarios, debilidad institucional y escasa profesionalización de los líderes electos.
En términos corporativos, incrementar el presupuesto de una organización sin fortalecer sus capacidades directivas rara vez mejora su desempeño.
La teoría de la elección pública parte de un principio realista: políticos, burócratas y grupos de interés responden a incentivos propios.
Asumir que el sector público actúa automáticamente en beneficio general constituye una idealización institucional. La experiencia histórica demuestra que la concentración del poder sin controles adecuados incrementa riesgos de clientelismo, captura y corrupción.
Precisamente por ello, las democracias modernas desarrollaron mecanismos de separación de poderes, auditoría y rendición de cuentas. En el gobierno corporativo, la supervisión independiente no implica desconfianza hacia los directivos, sino protección frente a potenciales problemas de agencia. La misma lógica aplica al Estado.
Reconocer un derecho no determina el mecanismo para proveerlo. Todo derecho positivo requiere recursos, financiamiento y sostenibilidad institucional.
Asimismo, las democracias no solo descansan sobre derechos, sino también sobre deberes: cumplimiento tributario, respeto a la ley, participación cívica y responsabilidad individual.
Un sistema político que enfatiza exclusivamente derechos sin fortalecer deberes, especialmente cuando ese énfasis se concentra en determinados grupos minoritarios o identitarios, corre el riesgo de generar expectativas fiscales insostenibles y erosionar la corresponsabilidad social.
Desde una visión organizacional, prometer beneficios sin garantizar su financiamiento es una práctica inviable. El mismo principio aplica a la gestión pública.
Que existan profesionales con grados académicos involucrados en corrupción no debe hacer irrelevante la formación de calidad, la experiencia técnica ni la educación.
Sería equivalente a afirmar que, dado que algunos médicos cometen negligencias, cualquier persona debería ejercer la medicina. La educación no elimina conductas indebidas, pero eleva los estándares mínimos de competencia.
Los sistemas meritocráticos no erradican la corrupción, pero reducen su probabilidad, limitan la incompetencia administrativa y fortalecen la capacidad institucional.
En organizaciones complejas —públicas o privadas— la calidad del capital humano constituye una ventaja institucional crítica.
La crítica a la meritocracia suele partir de una premisa perfeccionista: como no es perfecta, debe ser sustituida.
Sin embargo, la experiencia institucional muestra una paradoja recurrente: cuando desaparecen mecanismos meritocráticos, suelen emerger nuevas élites políticas o burocráticas cuya legitimidad descansa en lealtades partidarias, redes clientelares o afinidades ideológicas.
En contextos de debilidad estatal, estas dinámicas pueden incluso coexistir con economías ilegales como el contrabando fronterizo, la minería ilegal, el narcotráfico o el tráfico de tierras, generando nuevas formas de captura institucional.
La ausencia de mérito no elimina las jerarquías ni los privilegios; simplemente modifica y distorsiona los criterios mediante los cuales se accede al poder.
La igualdad de dignidad no implica igualdad automática para ocupar funciones altamente técnicas.
La administración pública moderna requiere competencias para elaborar y debatir políticas, finanzas públicas, regulación, infraestructura, salud o educación. Las curvas de aprendizaje institucional son costosas y sus errores afectan directamente el bienestar colectivo.
Suele argumentarse que las carencias técnicas pueden compensarse mediante asesores. Sin embargo, ello incrementa costos administrativos, expande burocracias y genera dependencia excesiva de “personal de confianza”.
La profesionalización del servicio civil constituye uno de los principales determinantes de la calidad institucional. Del mismo modo que un consejo de administración selecciona directivos por mérito y experiencia, el Estado requiere estándares rigurosos para quienes administran recursos públicos.
La propiedad privada constituye una de las instituciones fundamentales del desarrollo económico moderno. Su relevancia no radica en su origen histórico, sino en los incentivos que genera para invertir, innovar y asumir riesgos.
Las críticas más radicales a la propiedad privada han estado históricamente asociadas a corrientes colectivistas que propusieron nuevos sistemas de socialización de los medios de producción o la subordinación de la actividad económica al Estado.
La evidencia histórica documenta que restricciones severas a la propiedad privada suelen asociarse con menores incentivos para la inversión, la innovación y la generación de capital. Casos como la antigua Unión Soviética, Cuba, Corea del Norte o Venezuela ilustran cómo sistemas altamente centralizados enfrentaron persistentes dificultades de productividad, escasez y libertad económica.
Más allá de su dimensión económica, la propiedad privada cumple una función institucional: dispersa poder y limita la concentración absoluta de decisiones en manos del Estado.
La corrupción y la desigualdad no son fenómenos exclusivos de ningún sistema económico. También han existido bajo sistemas mixtos y, peor aún, en economías estatales centralmente planificadas.
El capitalismo no es una ideología, sino un sistema económico basado en propiedad privada y asignación descentralizada de recursos en libre mercado.
Los regímenes que buscaron sustituir mercados por planificación estatal tampoco eliminaron la desigualdad. En numerosos casos, las diferencias económicas fueron reemplazadas por privilegios políticos, burocráticos o partidarios, eliminando clases medias y acentuando las diferencias entre nuevos ricos alineados al poder del Estado y el resto de la población sumida en la pobreza.
La verdadera discusión no es si existe desigualdad, sino qué instituciones generan mayor movilidad social, competencia y rendición de cuentas.
Desde una perspectiva de gobierno corporativo, incluso las organizaciones más sofisticadas reconocen límites al conocimiento centralizado y delegan decisiones operativas sujetas a supervisión. Resulta difícil sostener que una autoridad central pueda coordinar una economía completa con mayor eficacia que millones de agentes interactuando bajo reglas institucionales claras.
La idea de que toda riqueza empresarial proviene de la explotación parte de una lógica de suma cero. Sin embargo, gran parte del crecimiento económico moderno surge de la creación de valor mediante innovación, inversión y emprendimiento.
Los emprendedores enfrentan altos niveles de incertidumbre, restricciones financieras y pronunciadas curvas de aprendizaje. La creación de empresas es intensiva en riesgo: una elevada proporción de iniciativas fracasa.
Naturalmente, existen empresarios que incurren en malas prácticas. No obstante, extrapolar casos particulares al conjunto del sector privado constituye una falacia de composición. Del mismo modo que no toda institución pública es corrupta, tampoco todo empresario es explotador.
Precisamente por ello, un Estado meritocrático y técnicamente competente debe fortalecer organismos supervisores, promover la competencia y sancionar abusos, en lugar de desincentivar la creación de valor o satanizar al emprendedor o al empresario.
Los sistemas tributarios cumplen funciones esenciales para financiar bienes públicos. Sin embargo, el diseño fiscal requiere equilibrar equidad, eficiencia y competitividad.
Cargas tributarias excesivas o marcos regulatorios impredecibles pueden afectar decisiones de inversión y localización empresarial. En un mundo globalizado, el capital y el talento muestran altos niveles de movilidad.
La experiencia internacional muestra múltiples casos donde incrementos significativos de presión fiscal incentivaron relocalizaciones empresariales o reducciones de inversión. La sostenibilidad fiscal exige recaudar sin desalentar la creación de riqueza.
El desafío no consiste en elegir entre impuestos altos o bajos, sino en diseñar sistemas tributarios estables, transparentes y compatibles con el crecimiento económico.
Los mercados presentan fallas. Los gobiernos también. El error surge cuando se comparan mercados reales con Estados idealizados por partidos políticos.
La evidencia económica muestra que controles prolongados de precios generan distorsiones, escasez y mercados paralelos. Cuando el precio oficial se separa de las condiciones de oferta y demanda, emergen incentivos para la informalidad.
Mercados negros, contrabando y economías informales tienden a expandirse cuando regulaciones excesivas obstaculizan la actividad formal.
Por ello, la política pública moderna suele optar por mecanismos basados en incentivos, regulación inteligente y herramientas fiscales antes que controles rígidos sobre precios y cantidades.
El caso del Banco Central de Reserva del Perú resulta ilustrativo. Su esquema de flotación cambiaria administrada —conocido como "flotación sucia"— busca corregir volatilidades sin reemplazar completamente las señales del mercado, combinando estabilidad macroeconómica con flexibilidad.
El gobierno corporativo parte de una idea fundamental: toda organización requiere mecanismos capaces de limitar el poder, alinear incentivos y proteger a sus grupos de interés. El Estado no es una excepción; su capacidad coercitiva y el volumen de recursos que administra justifican estándares aún más exigentes.
Las razones que justifican consejos de administración independientes, auditorías, meritocracia y supervisión en las empresas justifican igualmente límites institucionales al poder político.
La experiencia comparada sugiere que las sociedades más prósperas no son las que subordinan completamente la sociedad al Estado ni las que lo eliminan, sino las que logran equilibrar instituciones sólidas, libertad económica, protección de derechos y rendición de cuentas.
La discusión contemporánea no debería centrarse en elegir entre Estado o mercado, sino en cómo diseñar arreglos institucionales que minimicen problemas de agencia, eviten la captura del poder y promuevan la creación de valor para toda la sociedad.
En última instancia, la prosperidad sostenible no surge de la narrativa de concentración del poder político o económico, sino de instituciones que distribuyen responsabilidades, preservan libertades y permiten que individuos y organizaciones desarrollen su potencial.
Profesor de ESAN Graduate School of Business, Postdoctor del Centro de Gobierno Corporativo de ESADE Business School (Madrid y Barcelona), y Academic Chair de la Business Association of Latin American Studies (BALAS). Miembro del European Corporate Governance Institute (ECGI) y del International Corporate Governance Society (ICGS). Editor en Jefe de la Sección BALAS – Latin American Business Research de la revista científica Cogent: Business & Management. Conforma el Consejo Editorial de revistas científicas internacionales como Sage Open, CGOBR, JED, y JCIT y editor asociado de Management Research del Iberoamerican Academy of Management y la RAE de la Fundación Getulio Vargas. Cuenta con trabajos de investigación y revisiones arbitradas en diversas revistas, conferencias y talleres internacionales.
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